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¡La vida o la economía!

Hoy en día, la mayoría de los gobiernos del mundo, y los organismos internacionales se enfrentan, en relación con el coronavirus, a un dilema muy claro: optar por la vida, o por la economía. Si deciden priorizar la vida, tienen que parar –aunque sea momentáneamente- la economía -y, por supuesto, aunque sea momentáneamente, detener el crecimiento. Si, en cambio, optan por la economía, tienen que frenar la vida, y dejar que el virus se escampe libremente. Es así de radical la situación, pero no hay otra opción en estos momentos. Y, en el inmediato futuro, aunque, tal vez, con menos virulencia, esta seguirá siendo la gran cuestión a la que no podremos dejar de contestar.

Un lapsus muy significativo

La mayoría, es cierto, han optado por defender la vida. Pero algunos políticos lo han hecho con retraso, y no sin haber expresado antes que, si fuese solo por ellos, hubieran elegido salvar la economía. En todo caso, su posición inicial debe considerarse un lapsus que revela, muy a las claras, el tipo modelo social y económico que defienden: un darwinismo social en el que los más fuertes –es decir, los más ricos- son los únicos que tiene esperanzas de sobrevivir.

Es lo que ha defendido, por ejemplo, Boris Johnson, al menos mientras estaba sano. Es el sonsonete que han repetido hasta hace muy poco, Trump y Bolsonaro. Es lo que subyace en las palabras de Mark Rutte -ex-jefe de recursos humanos de varias multinacionales, que ahora gobierna Holanda, apoyado por algunos votos ultra de derechas-. Y es lo que parece defender Merkel, aunque con menos desparpajo que el primero, cuando se opone a colegiar una auténtica política de protección de vidas humanas en la UE.

Lapsus o no, estas actitudes expresan algunos de los dogmas centrales del modelo de desarrollo que hemos vivido en el mundo durante los últimos años: la idea del crecimiento a toda costa. Para ese modo neoliberal de concebir el mundo, lo importante es crecer caiga quien caiga, no cómo se crece. Lo decisivo es producir, sin considerar qué producimos -sin atender a su impacto en la naturaleza o la vida humana-. Y su instrumento central para conseguirlo: la promoción del consumismo y de la opulencia, por encima de la sostenibilidad.

En los últimos tiempos, muchos economistas y expertos advertían que, en el fondo, tras cualquier decisión económica, siempre subyace el dilema mencionado –entre crecimiento y vida-, aunque permaneciese en segundo plano. Eran los que denunciaron que, precisamente, tras la Gran Recesión, se apostó, ya claramente, por el crecimiento y no por la vida;, y esto dejó una impronta imborrable. Joaquín Estefanía lo expresó muy claramente: “incluso si a partir de ahora se diese por clausurada la crisis denominada Gran Recesión y las zonas más afectadas por la misma volviesen a una cierta normalidad (crecimiento económico, generación de empleo, equilibrios macroeconómicos…), las características negativas citadas no desaparecerán porque se han hecho estructurales. Porque no se deben tanto la crisis como a su gestión: las políticas económicas de “austeridad expansiva” aplicadas durante casi décadas mutaron el ADN de muchas sociedades y han dado lugar a un nuevo modelo de las mismas, muy distinto al anterior, y que va a quedarse entre nosotros durante largo tiempo”[1].

Pues bien, en estos momentos, el coronavirus está poniendo de relieve dos aspectos claves de nuestra actualidad. Primero, que la política de austeridad de los últimos doce años ha hecho estructurales la precarización del trabajo y el crecimiento de la desigualdad. Segundo que, se confiese o no, muchos de los poderes decisivos en el mundo actual, puestos a optar entre la vida o la economía optarían por la economía.

Sin embargo, el Coronavirus puede estar contribuyendo, también, a que buena parte de la sociedad tome conciencia sobre el hecho de que la doctrina del darwinismo social –es decir, triunfo del más fuerte, crecimiento a toda cosa, y prioridad de la economía sobre la vida-, de seguir desarrollándose como lo ha hecho hasta recientemente, haría colapsar la vida sobre este planeta. Y es esta toma de conciencia la que hace prever que la opinión pública y la sociedad, en general, desarrollaran, en muy poco tiempo algunos anticuerpos que se encargarían de impedir, de ahora en adelante el desarrollo de dichas doctrinas.

¿Sobre qué elementos concretos actuarían estos anticuerpos y cómo operarían? Muy probablemente sobre las tres ideas centrales del actual sistema: el crecimiento a toda costa el consumismo; y la fe absoluta en el progreso tecnológico.

El crecimiento a toda costa

El mundo entero se ha dado cuenta, ante el coronavirus, que ha sido el exceso de crecimiento lo que ha multiplicado su propagación. Millones de vuelos intercontinentales y locales que trasladaban a cientos de millones de personas a diario. Migraciones humanas, de todo tipo que movilizan a cientos de millones de personas. Producción hipermasiva de low cost, que deja indefensos a la mayoría de los países a expensas de muy pocos proveedores de productos esenciales. Elefantiasis de los flujos financieros que aceleran, en su pánico, la ruina de las empresas y países. Exceso de concentración de la población en las megaurbes. En fin, todo lo que siendo una consecuencia del modelo económico centrado en el crecimiento constante de la población, ha contribuido a hacernos a todos más vulnerables.

Por tanto es bastante probable que en los próximos años, cobren fuerza movimientos que, de un modo u otro, se enfrentaban al crecimiento sin control. Movimientos críticos que lo primero que ponen en evidencia es que los mismos objetivos de los defensores del crecimiento a ultranza no se han conseguido.  No nos referimos a los activistas contra la globalización, ecologistas que se oponen al crecimiento imparable del transporte aéreo o al turismo de masas, economistas que defienden el desarrollo sostenible e, incluso el decrecimiento, etcétera. Se trata también de expertos economistas que han discutido fría y seriamente los perjuicios de una globalización basada en el crecimiento a toda costa.  Es muy probable que todos estos movimientos tiendan a contar más en la esfera pública y a ejercer una mayor influencia en la esfera política.

El consumismo como confusión

La confusión entre bienestar y opulencia, constituye el pilar central del consumismo, el dogma clave que se ha instalado en nuestro modo de vida: “Un sociedad de consumo solo puede ser una sociedad de exceso y prodigalidad y, por ende, de redundancia y de despilfarro”. Opulencia significa inflación y exceso de posibilidades[2], inflación del narcisismo social y constante insatisfacción. Es este mito de la opulencia y del consumismo lo que nos ha hecho pensar que la felicidad consistía en acumular cosas, en viajar acumulando destinos a base de aviones de bajo coste -o usando cruceros hipermasificados-, y en acumular capital social, es decir, millones de conexiones superficiales con gente a la que no hemos visto nunca.

Ahora, bien, en estos momentos, el confinamiento nos está enseñando a saber distinguir entre lo que vale la pena y lo que solo rinde al mito de la opulencia y el crecimiento desaforado. Apreciamos más que nunca, el sosiego, los placeres modestos, y las relaciones humanas, que están muy lejos de la hipérbole y de la urgencia con que nos hemos acostumbrado a vivir en el seno de las cultura consumista.

En consecuencia, la crítica y la franca hostilidad hacia una cultura consumista va a crecer, muy probablemente, en el inmediato futuro. Habrá muchas propuestas orientadas a ensayar nuevos modos de crecer, a producir y a consumir. La opinión pública, habrá llegado a la conclusión de que ya no vale todo. Y empezará a ser más notorio que lo era hasta ahora, que si queremos optar por la vida, y por la libertad, necesitamos poner fin a la cultura del consumismo.

La fe absoluta e el progreso tecnológico

Otro mito que ha caído durante estos días, es que la ciencia y la tecnología nos podía evitar cualquier riesgo y solucionar todos los problemas. Pues bien, con el Coronavirus, se ha visto claramente que no. Que la ciencia médica y la biotecnología no lo pueden todo, aunque sean muy poderosas.

Pero no deberíamos olvidar, de ahora en adelante, que el riesgo global la vulnerabilidad puede ser aplicada muchos tipos de catástrofes que no tienen base biológica, sino, por ejemplo, a las energética (el escape radiactivo como consecuencia de la explosión de un reactor nuclear, por ejemplo), ecológica (calentamiento del planeta o un tsunami, o un incendio masivo), entre otras. Tras el confinamiento, deberíamos sacar la conclusión de que ciencia y la tecnología nos pueden ayudar, pero no son capaces -por sí solas- de anular ni el peligro, ni la incertidumbre. Y, en todo caso, nunca nos garantizan, automáticamente, ni la vida personal ni la de la especia.

No disponemos, pues, de un sistema infalible para que todos los problemas se nos solucionen en un abrir y cerrar de ojos. La naturaleza y la vida entrañan riesgos para nuestra vida que no podemos, muchas veces, remediar.

El ser humano en el centro

Con mucha probabilidad, frente al Coronavirus, estamos asistiendo a la crisis del dogma del crecimiento a toda costa (caiga quien caiga) -que es, en parte, la asunción del neo-darwinismo económico-. Y hemos empezamos a tomar conciencia de la posibilidad de recuperar los valores humanos esenciales y universales.

Se puede decir, pues, que estamos ante la posibilidad del resurgimiento de un humanismo redivivo, que podría superar muchos de las lagunas u deficiencias del actual modelo dominante de desarrollo, y proponer alternativas.

Este humanismo debería plantearse tres grandes objetivos:

  • Situar al ser humano en centro del desarrollo económico y social y en armonía con su entorno natural.
  • Asegurarnos la convivencia pacífica entre el entorno natural y la actividad humana.
  • Imponer la cooperación universal como el mejor camino para solucionar cualquier problema, y con ello tatar de poner fin a los conflictos violentos y a las guerras.
  • Cuestionar y criticar, racional y constructivamente, los fundamentos, dogmas y mitos que el modelo de crecimiento a toda costa nos ha impuesto. Es decir, la competitividad absoluta y el triunfo del más fuerte, la confianza inocente en la tecnología, entre otros.

El confinamiento a que nos ha sometido el coronavirus puede contribuir a que este tarea de humanización de nuestro modelo de vida progrese y se expanda por el mundo. Pero, para lograrlo, queda aún mucho por hacer.

[1] Estefanía, J. (2015), Estos años bárbaros. Madrid, Ed. Galaxia Gutemberg.

[2] Ehrenberg, A. (1998). La fatigue d’être soi. Paris, Odle Jacob.

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