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Recuperar el contacto humano tras el confinamiento

Todas las guerras nos separan de los demás. Y las civiles, más que ninguna, porque el enemigo está cerca, y puede ser nuestro vecino.

Con una pandemia –que es una guerra civil, y muy incivil– sucede lo mismo. Nos alejamos de todos, y cualquiera es visto como sospechoso y peligroso. . La separación se busca por miedo y por desconfianza. Es radical e insidiosa. Aumenta la distancia. Y lo peor es que esa distancia, probablemente, dejará huella durante un cierto tiempo y puede secuestrar el contacto humanno. Recuperar el contacto humano, esta es la cuestión tras el coronavirus.

El contacto [1], la cercanía personal, los abrazos y las caricias constituyen algo esencial en los mamíferos, y en el ser humano. Son fruto de la curiosidad, y de la necesidad. Están en la base de la fraternidad y de la amistad. Si perdemos esto, dejamos de ser humanos. Nuestro gran reto, pues, durante y después del confinamiento, es saber recuperar ese contacto humano.

La distancia espacial funciona como un elemento de la gramática completa de nuestras relaciones[2]. Es un código para hablarnos y para reconocernos. Pero, sobre todo, es un lenguaje de solidaridad. Cuanto más queremos ayudar a una persona, más nos aproximamos a ella; y a cuanta más distancia nos situamos, menos empatía mostramos, y más desconfianza proyectamos. Por eso, si la distancia crece tras el confinamiento, corremos el riesgo de arruinar el sentido de la comunidad.

Si la huella de la pandemia en las relaciones personales resulta ser una distancia social aumentada permanente, y una desconfianza creciente entre todos nosotros, el problema sería muy grave. Crecería el recelo mutuo. Nos retraeríamos, y aumentaría nuestra capacidad de antipatía. Crecerían la separación social, la segregación, y la desigualdad. Estaríamos generando la anomia y el nihilismo.

Este fenómeno no es nuevo ni original nuevo, en todo caso. Porque se suma –y esto es lo más grave- a unos decenios en que hemos hemos sabido cultivar, a fondo, la xenofobia; en que hemos hecho del crecimiento de la desigualdad una moneda corriente, muros en la convivencia internacional. Si con el coronavirus potenciamos esas separaciones, agrandamos aún más esta brecha personal en las relaciones más próximas, se abriría un vacío muy grande entre cada uno de nosotros y el resto de las personas, e iríamos abocándonos paulatinamente a una socialidad defensiva y conflictiva.

¿Cómo puede evitarse (o contrarrestarse) este riesgo? ¿Qué podemos hacer mientras dure el confinamiento? En estos momentos de confinamiento, hay dos cosas que podemos hacer. Y, ambas, son una especie de gimnasia de la socialidad.

La primera es de tipo mental. Consistiría en dejar de pensar en que levantar más barreras, muros, distancias, identidades separadas, es una solución. Al contrario, hay que saber que esto se convertiría en un elemento disgregador. El ejercicio, pues, es muy sencillo: es mental y gramatical al mismo tiempo. Consiste en dejar de adjetivar el virus, a sus víctimas.

Veamos cómo. El virus, por ejemplo, tiene un nombre –coronavirus o covid-19-, pero no lo deberíamos adjetivarlo a la ligera. No podemos calificarlo impunemente ni chino (como gusta Trump de decir), ni de asiático, ni del Este. Ni siquiera deberíamos decir que viene de fuera, ni de dentro, que es local o extranjero. Todas estas apelaciones son una barbaridad no son solo acientíficas, sino sociales. A la hora de nombrar y de pensar el virus, ni la geografía, ni la nacionalidad importan. Lo sabemos todos, aunque a veces no lo queramos reconocer: los virus no tienen pasaporte ni nacionalidad. Están en casi todas partes, y no distinguen ni territorios ni identidades.

Este sería un ejercicio lingüístico, pero, sobre todo, mental.

Lo mismo podríamos hacer en relación con las víctimas y los países. Quitémonos de la mente que hay países más responsables o culpables a la hora de ser infectados por el virus. El virus no tiene carné de identidad. Dejemos de pensar, por otro lado, que existe una predisposición genético-cultural a recibir la enfermedad. No pensemos en las víctimas como números de categorías de edad, salud, raza o tipo sanguíneo. Cualquiera, y todos, somos susceptibles de ser infectados, de pasar semanas en el hospital, y de curarnos o sucumbir. Lo que demuestran las pandemias –si es que muestran algo- es que hay una base común y universal en todos los seres humanos. Y la del coronavirus: que la humanidad está hoy en día más conectada que nunca.

Este sería un ejercicio ideológico y de imaginación. La indicación es muy clara, tratemos de ponernos en el lugar de cualquier víctima. Enseguida se nos hará la luz.

Pero, más allá de lo mental, podemos hacer, también, ejercicios prácticos.

Durante el confinamiento. Por ejemplo, podemos cultivar nuestro yo íntimo, nuestra interioridad[3]. Sería muy deseable y positivo. Habitualmente, el tráfago diario, las prisas, el exceso de trabajo, la masificación, dejan muy poco tiempo para meditar, reflexionar, y preguntarnos sobre nosotros mismos. Pues bien, el confinamiento puede ser una oportunidad. Podemos recuperar intimidad, y ocuparnos de nosotros mismos[4], practicar la introspección, tratar de alejarnos de la banalidad, y sosegarnos. Podríamos aumentar el tiempo de lectura, llevar un diario, o escribir sobre nuestras sensaciones, escribir a otros. Seríamos más nosotros mismos, más auténticos y, por tanto, más confiables en las relaciones personales.

Sería un ejercicio de soledad nutriente.

La conversación, también ayuda. Pero no esa tan calculada y tan funcional que solemos practicar a diario –a la que estamos acostumbrados permanentemente, y de la cual el tele-marketing y las conversaciones automáticas con máquinas, son el mejor (y peor) ejemplo- sino la que no tiene ni objeto, ni propósito predefinido. La que es gratuita y generosa. Y libre e imaginativa.

Es el tipo de conversación que conviene en estos momentos de reclusión -y nos hará bien-. Conversación desenfadada, espontánea, expresivas[5]. Sin más cortapisas que el respeto al otro, solidaria y creativa. Este tipo e conversación nos traería alegría y nos confortaría. Nos sentiríamos mucho mejor. Y, sobre todo, sería un buenísimo ejercicio de empatía social.

Podríamos, también, hacer un ejercicio de nostalgia. Que ayuda a construirnos por dentro. Comprobar qué echamos de menos en estos momentos –el contacto humano, un paso, un rayo de sol, una brisa fresca al lado del mar, el movimiento de un árbol, o el sonido de una esquina-. Esto nos ayudará a valorar lo que tenemos, y lo que tuvimos, de otra manera. Con más madurez y atención.

Sobre todo, cultivemos la nostalgia del contacto humano. Hacerlo en los momentos en que está temporalmente suspendido, nos ayudará a evocarlo con emoción, y a apreciarlo. Su presencia ausente (Sartre) nos haría mucho bien. Seguro.

En fin, todos estos serían ejercicios de conciencia muy saludables. Y podemos hacerlos solos o reforzados por la tecnología –como cuando vamos al gimnasio y nos ejercitamos con aparatos-.

No obstante, si nos reforzamos con la tecnología, habría que considerar que esas tecnologías -como los aparatos de un gimnasio- son dispositivos que puede hacernos bien o mal. De manera que no todas las tecnologías y cualquier uso que hagamos de ellas nos valen. No todas nos harán bien. Al contrario, algunas pueden provocarnos luxaciones, golpes, y pueden, sencillamente, embrutecernos. Sin embargo, muchas y bien usadas, serán saludables.

Hay, pues, que elegir bien nuestra dieta tecnológica, acoplarla a nuestras auténticas necesidades y proyectos.

Tenemos que apropiarnos de las tecnologías de la comunicación y reconocer su valor antes de que ellas –alocadas y desbocadas- lleguen a colonizar nuestro tiempo, nuestra mente y nuestra socialidad. Tenemos que servirnos de ellas, pero con sabiduría e inteligencia. Con ellas, hemos de tratar de recuperar el contacto humano, y, por tanto, la base de la solidaridad. Por eso no debemos caer en la red de sus intereses comerciales y/o políticos.

No está hecha la persona para la tecnología, sino la tecnología para el ser humano.

[1] Montagu, A. y Matson, F. (1979), The Human Connection. Nueva York, McGraw-Hill.

[2] Hall, E. T. (1959). The silent language. Nueva York: Doubleday y Co.; Hall, E. T. (1959).The Hidden Dimension. Nueva York: Doubleday y Co.,1966; Knapp, M. L. (1980). La comunicación no verbal. El cuerpo y el entorno. Barcelona: Paidós,1992.

[3] Buber, M. (1977).Yo y Tú, Buenos Aires: Ed. Nueva Visión.

[4] Susan Cain, C. Quiet: The Power of Introverts in a World That Can’t Stop Talking. Nueva York, Crown Publishers, 2012.

[5] Turkle, S. (2015). Reclaiming Conversation. The Power of Talk in a Digital Age. Nueva York, Penguin Press. (Reseña en: https://www.nytimes.com/2015/10/04/books/review/jonathan-franzen-reviews-sherry-turkle-reclaiming-conversation.html)

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