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La ruina de la conversación política 

Fedro- He aquí lo que he oído sobre eso, querido Sócrates: que el que tiene la intención de ser orador no necesita aprender lo que en realidad es justo, sino lo que parece justo a la multitud, que es precisamente la que juzgará; ni lo realmente bueno o hermoso, sino lo que parece; porque es la apariencia la que produce la persuasión, no la verdad”. (Platón: Fedro, o de la belleza).

Los seres humanos no son humanos porque hablen (Harari, Y. N., 2018), ni porque sean capaces de mentir usando las semióticas (Eco) -como explica Lozano-. Lo son porque son capaces de producir sentido de un modo muy sutil y eficaz. Lo son porque pueden explicar el mundo y porque pueden entenderlo y entenderse con sus congéneres

Y esto lo hacen a partir de que disponen de un sistema general de producción de sentido (P. Fabbri, 2000).

El sistema general de producción de sentido que utilizamos los humanos involucra procesos y dispositivos muy articulados y complejos, cuyas funciones resultan decisivas para la supervivencia de la humanidad. 

Este sistema general nos sirve para orientarnos en el espacio-tiempo de nuestro mundo. Para dirimir cuestiones relativas a la supervivencia, a los peligros y amenazas que nos asedian, y a los modos en que podemos protegernos y asegurarnos frente a ellos. Para ayudarnos en la percepción y en el conocimiento de nuestro entorno, y para tratar de hacer previsible su comportamiento. También, para vincularnos y relacionarnos con los demás seres vivos y con los demás humanos. 

En definitiva, nos sirve para construir órdenes semióticos, mediáticos y culturales que acompañan la evolución de nuestra comunidad humana.    

Por tanto, es ese sistema de sentido y orientación -su sutileza y complejidad- lo que nos hace tremendamente humanos. Nada más innato y propio del  ser humano que la curiosidad por buscar, encontrar y recrear sentido y significado. Y a la inversa, nada tan inhumano y tan deshumanizador como el sinsentido o la aceptación de que nada pueda tener sentido. 

Nada tan alejado del principio de humanización que el vacío de sentido. La primera actividad de la especie humana en su conjunto es explorar el mundo del sentido. Buscar, hallar y encontrar mundos significativos, que ayuden a dar significado a lo que nos rodea, a lo que queremos, a lo que proyectamos o a lo que echamos de menos (Berger, Peter y Thomas Luckman, 2003).

 De aquí que los seres humanos hayamos creado,  a lo largo de nuestra historia, por una parte: 

  1.  Los lenguajes verbales y no verbales -como un proceso de acumulación genética de competencias innatas-; y, por otra, 
  2. Los mundos culturales, complejos y sutiles -que evolucionan tanto mediante procesos graduales y acumulativos, como mediante saltos bruscos y rupturas que dan lugar a nuevas configuraciones emergentes (Lotman, Iuri M.,1996; 1996 b; 1998). 

Así, hemos creado sistemas de signos, textualidades complejas, modos de representación, sistemas de mapeo, lenguajes sincréticos, semióticas complejas, órdenes discursivos, sistemas de ideas e ideologías, filosofías, religiones, prácticas y arquitecturas significantes, lógicas simbólicas, etc. (Morín, E., 2004 y 2007).

En realidad, todos nuestros lenguajes y mundos culturales, nuestros pensamientos e ideas, son el fruto de nuestro incesante y obligado trabajo con, en y a través del sentido. Y todo ello se desarrolla con una complejidad, sutileza, flexibilidad y riqueza tal que ha contribuido constantemente a nuestro progreso individual y colectivo (Verón, Eliseo, 1998). 

Pero esa contribución ha sido muy dinámica y cambiante, y nunca ha dejado de presentarnos multitud de zozobras e inestabilidades.

Complejidad y simplicidad

Una de las razones básicas de la inestabilidad del sistema de producción de sentido estriba en que se mueve permanentemente entre dos polos: a) el de la complejidad extrema (Taylor, Mark, C., 2001);  y, b) el de la simplicidad más rotunda

Otra es que tiene que responder constantemente a la variación de su entorno. Si un entorno cambia muy rápidamente, de un modo acelerado -tal y como lo está haciendo el nuestro en la actualidad- su complejidad y su densidad aumenta. 

Entonces, el ser humano se enfrenta a una doble exigencia: 

  1. Por un lado, necesita sistemas de sentido complejos e inteligentes, que sean lo suficientemente sutiles, flexibles como para atrapar la complejidad del mundo que le rodea.
  2. Pero, por otro lado, necesita también sistemas suficientemente simples como para que que reduzcan la excesiva complejidad del mundo y lo puedan hacer inteligible.

Cuanto más complejo es un sistema de sentido, mejor rendimiento ofrece a la hora de operar con el entorno; más sutileza aporta a su comprensión y a su relación activa con él. Pero más difícil es operar con él. Requiere más atención, más memoria y más energía. 

Y viceversa, cuanto más simplificado es un sistema de sentido, más fácil es operar con él, porque no necesita tanta atención, ni memoria ni esfuerzo. Pero, como contrapartida, hace más tosca la relación entre el ser humano y su  entorno.

 El ser humano -tanto individualmente como colectivamente- no puede orientarse correctamente en un entorno demasiado complejo, porque una densidad máxima y una complejidad extrema acabarían siendo contraproducentes. Bien porque llegarían a embotar la sensibilidad de las personas (Han, Byung-Chul, 2012); bien porque un exceso de complejidad acaba imposibilitando la realización de acciones, asfixiando su propia posibilidad de existencia.

Pero, la humanidad tampoco puede optar solo por la simplicidad a la hora de producir sentido porque estaría reduciendo la complejidad del mundo y haciendo más arriesgado y azaroso relacionarse con él (Taylor, Mark, C., 2001:5). 

Por tanto, cuando se trata de operar con sentido, conviene siempre moverse hábilmente entre los dos polos, el de la complejidad y el de la simplicidad,  manteniendo siempre un equilibrio inteligente entre ambos. 

Esto es tanto como decir que es útil y provechoso -siempre según las ocasiones y los retos- saber moverse bien entre la complejidad y la simplicidad. Y hacerlo en función de las circunstancias complejas que nos rodean.

Pues bien, es esta falta de equilibrio, la ausencia de capacidad para moverse entre los dos extremos de complejidad y simplicidad la que está pervirtiendo y asfixiando actualmente el sistema de conversación política, es decir, el sistema que rige la producción de sentido en un aspecto clave de la humanidad: el de la convivencia humana.

Incapacidad para responder a la complejidad

Recientemente el mundo cultural político, y el lenguaje de la política y de los políticos han dado muestras de ser incapaces de responder adecuadamente al aumento de complejidad del mundo moderno. En vez de cambiar su discurso y sus instituciones ante este nuevo reto, lo que han hecho es dar un paso atrás y rehuir la confrontación con esa realidad. Han optado por instalarse en el polo de la simplicidad y de la simplificación (Thompson, Mark, 2017)

La conversación política, y la producción del discurso político, simplifica en exceso, reduce drásticamente la complejidad del mundo, de manera abusiva, y con eso ha dado un paso hacia la irrealidad, hacia la ficción; por falta de correspondencia de su práctica de sentido con lo real (Gamper, Daniel, 2019).

De hecho, no solo se ha optado por la simplificación, sino que se ha perdido toda conciencia de la necesidad de conjugar equilibradamente complejidad y la simplicidad. 

Esta simplificación, esta reducción, se hacen verdaderamente patentes especialmente cuando los políticos y las instituciones políticas tratan de difundir públicamente las ideas, las propuestas de acción y, en general, los programas políticos. Cuando la política se vuelca al lenguaje y al formato de los medios masivos y/o las redes sociales. Es decir, cuando la conversación y el discurso político se mediatizan (Mazzoleni, G., 2003 y 2016) 

Se produce, entonces, la tiranía de la simplificación forzada, la reducción intensiva de la complejidad.Es entonces cuando las letanías sustituyen a los discursos. Los titulares a los argumentos. Los relatos -organizados como cuentos maravillosos- a las descripciones precisas, y a las explicaciones. 

Del mismo modo, los clichés y las fotografías estáticas, los gestos impostados y los iconos fosilizados tienden a sustituir las prácticas políticas y su complejidad. 

 ¿Pero por qué está sucediendo esto, precisamente, en un mundo avanzado tecnológicamente en el que la información y la comunicación es más copiosa y flexible que en ninguna otra época histórica anterior?

 Desde nuestro punto de vista, el fenómeno tiene que ver con dos factores aliados: 

  1. Uno, la existencia de una reingeniería comunicacional -que afecta a las instituciones políticas de un modo especial- que conduce a la simplificación progresiva como una forma de manipulación social.
  2. Dos, la emergencia de factores sicológicos y emocionales masivos que se basan en la angustia ante el cambio y conducen a la exigencia de regresar -de volver atrás- buscando refugio en ideologías fundamentalistas que se viven con nostalgia. 

La reingeniería de la comunicación

 

Se trata una ingeniería forzada que tiende a la tiranización de la complejidad necesaria. 

Una ingeniería que toma como fuentes de inspiración el marketing, la teoría de la comunicación -en su sentido más simple- y los principios de la automatización de la inteligencia humana, entre otras.

Esta ingeniería se premedita y se aplica intensivamente. Gota a gota, pero masivamente. 

Tiene que ver con la comercialización de la información, con el trabajo de la propaganda y de los spin doctors políticos, con los principios de la publicidad comercial aplicados a la política, con la ideología de que todo puede comprarse y venderse como una mercancía (Ewen, Stuart, 1976), y con la filosofía de que todo puede maquinizarse y reducirse a números.

Esta ingeniería aplicada al discurso político consiste, a veces, en construir y enfatizar los denominados marcos mentales: o sea, esa reducción tosca que favorece la simplificación de la complejidad del mundo antes que su comprensión cabal (Scheufele,D. A. y Tewksbury, D., 2007).

Y hacer este tipo de simplificaciones, siempre en nombre de la eficacia comunicacional. Cuando, en realidad, de lo que se trata es de una maniobra ciega de reducción y simplificación que responde a una angustia y a una impotencia creciente. Una reducción que tiene consecuencias nefastas porque deja sin energía cualquier esfuerzo honesto de comprende cabalmente el mundo y lo reduce a sentidos muy simplificados.

Es como si la reingeniería comunicacional que pone solo énfasis en los marcos mentales -olvidando la densidad y complejidad de la significación y de los discursos- actuaran con una pretensión perssuasiva adoctirnante. Tal y como lo hacían en los viacrucis en la religión cristiana medieval las estaciones representada en forma de pinturas: planteando escenarios simplificados y memorables para la acción. Reduciendo a escenas la sucesión de hechos y su complejidad.

Esta reingeniería afecta con mayor o menor fuerza a diversas modalidades de la comunicación política pero es, de hecho, un dato general y transversal. Afecta a toda la producción discursiva política.

 Está convirtiendo los mítines políticos -que un día fueron más explicativos, más formativos- en una especie de rezos colectivos, en una oración, en un rosario repetitivo. 

Transforma los relatos, que en son siempre  sistemas de representación de acciones complejas- en cuentos simples, maravillosos, destinados a mentalidades infantiles. Como si los relatos auténticos tuviesen que ceder espacio, en el campo de la política, a un sinfín de parábolas cuasi religiosas o a fábulas moralizantes. 

Esta misma ingeniería, cambia todo lo relativo al sistema racional de producción de pronósticos y previsiones. Y dan paso a las profecías más esotéricas. Como si los análisis que deberían ser científicos, no pudieran sustraerse -de un modo u otro- al influjo del dogmatismo o del más simplificado voluntarismo en que se ha convertido la política actual.

Algo parecido sucede con los sistemas de acción. Se tiende a sustraer de la acción política su complejidad, su obligada e inteligente adaptación al contexto, para convertirla en sistemas de acción muy simplificados, puros rituales, puras escenificaciones teatrales. Eso sí, siempre acompañados de eslóganes que suenan como letanías, y de cuentos maniqueos que dividen el mundo en dos y divide a los personajes en héroes y antihéroes, en protagonistas y villanos.

Todo está sucediendo, pues, como si el discurso democrático de la política de un siglo tan avanzado tecnológicamente como el XXI pudiera convertir la conversación política en un escenario simplificado de rituales repetitivos y vaciados de sentido.

Resulta, pues, que el discurso contemporáneo de la política, pudiendo y debiendo ser claramente otra cosa, ha optado por abandonar la riqueza de la complejidad, y se ha empeñado en emprender una especie de rezo colectivo que insiste más en la participación ritual de los creyentes que en la actuación autónoma y crítica de ciudadanos libres. 

 Naturalmente, todo ello puede poner en jaque a la auténtica democracia.

La nostalgia de los fundamentalismos

Pero no es cuestión solo de ingeniería, también incluye la componente psicológica del ser humano.

La creciente complejidad del entorno -producida por la tecnología y por la globalización- está haciendo emerger con mucha fuerza el componente emocional y pasional en las relaciones sociales (Mishra, Pankaj, 2017)

Lo que, en política, viene a significar que retroceden las ideas de igualdad y de racionalidad -que dieron la soberanía a los pueblos en democracia tras las revoluciones del siglo XVIII y el desarrollo del pensamiento ilustrado-. Y, a cambio, se tiende a poner el énfasis en los atavismos tradicionales, en una especie de inconsciente colectivo -de naturaleza tribal o nacionalista-, o, en algunos casos, en la prevalencia del pensamiento religioso (Mazzoleni, G., J. Stewart, and B. Horsfield, eds., (2003).

Esta emergencia del aspecto pulsional y pasional es una respuesta simple a un problema complejo. Y consiste, básicamente, en un intento de racionalizar -en el mal sentido del término- la impotencia que se siente -que muchas personas y colectivos sienten- ante la desorientación que les produce el mundo contemporáneo.

Todo ello explica, en parte, el rebrote de los nacionalismos (Snyder, Timothy,2017), de los fundamentalismos, la vuelta del supremacismo -en cualquiera de sus diversas vertientes- y de los diversos tipos de populismos (Tarchi, Marco, 2018). 

Todo ello cuenta, también, a la hora de comprender por qué resurgen visiones del mundo simplificadas, maniqueas, reduccionistas. Pero, sobre todo, para entender el rebrote de respuestas que conectan con tópicos y tradiciones de una larga duración que provienen de tiempos remotos. Tópicos y tradiciones que, como tales, tienden a imponerse con facilidad frente a otras lógicas más modernas, especialmente, la de la ciencia -que tiene la argumentación y la racionalidad como principios básicos de producción de sentido-. 

 En definitiva, es todo esto -nostalgia, pasión, emociones, tradiciones- lo que acentúa la producción de pensamientos simples, que tratan de evitar el contrato complejo y conflictivo en el que se basa la democracia moderna. Y que rompe el deseable equilibrio entre complejidad y simplicidad y la sustituyen por una vuelta al extremo de la simplificación.

Esta emocionalidad y apasionamiento es, por otra parte, perfectamente coherente con la ingeniería comunicacional que se está aplicando a la conversación política.

Veamos cómo.

Para convertir los relatos en cuentos, se ha de usar la emoción y así pierden en sutileza los caracteres, los conflictos, las tramas y los contextos. Todo está regido por principios fuertes, emocionales, espontáneos.

 Para hacer atractivos los eslóganes, por ejemplo, se elude cualquier propuesta de reflexión y se busca solo alcanzar la fibra sensible de las pasiones, de las motivaciones no intelectivas de las personas. 

Para que las acciones se conviertan en rituales, también cuenta la emoción. Bastan la fe y sobra la duda, la interrogación. Se exige más fervor pasional que razón, y más emoción que pensamiento. 

El fanatismo se une, entonces, al adoctrinamiento y crea una argamasa emotiva más que argumentativa que está rearmando la conciencia política colectiva de un modo amenazante. 

La conversación política necesaria

Todo esto está poniendo en peligro las democracias (Levitsky, Steven y Ziblatt, Daniel, 2018). O sea, la supervivencia de un sistema conversacional basado en la deliberación, en la objetivación racional de los problemas, en definitiva, en la gestión inteligente de conocimientos y saberes complejos (Turkle, Sherry, 2018). 

 Es un movimiento, subterráneo y, a veces, silencioso pero que corroe todo el sistema de convivencia democrática. 

Una democracia no puede soportar, por mucho tiempo, la simplificación extrema y forzosa de la conversación política. No puede estar al albur de la efervescencia pasional y de atavismos incontenibles que actúan como inconscientes colectivos. 

Si lo hace, corre el riesgo de dejar de ser democrática. 

Una sociedad de ciudadanos libres y autónomos exige una conversación política plural, diversa, rica en matices e inteligente. Porque es en este tipo de conversación donde se gestiona y se origina, precisamente,  la inteligencia colectiva y es allí donde se resuelve la convivencia en la que la capacidad de entenderse y respetarse es un bien decisivo.

 Sin embargo, estamos arruinando -un poco entre todos- la conversación política abierta e inteligente. 

Estamos convirtiendo la conversación pública en una especie de rezo multitudinario. La estamos haciendo una arista más de una especie de nueva religión civil que se está imponiendo. Una religión obstinada en el rezo, en reiterar las letanías, anatemas, eslóganes apasionados, parábolas y profecías irracionales. Provengan de las masas o de los líderes. Poco importa. 

El hecho importante es el rezo, y el que estemos convirtiendo la palabra social en en un sistema lleno de signos emocionales que brotan a borbotones apasionados,  sin ninguna posibilidad de racionalidad. 

Estamos empezando a vivir, pues, la política impulsados por una suerte de impulso emocional más ligado a la constricción de aquellos grandes relatos cuyo fin habían profetizado algunos filósofos postmodernos. 

En definitiva, vivimos socialmente como si estuviésemos dispuestos a creer en cualquier cuento de hadas bien orquestado.

Como hemos visto, buena parte de la responsabilidad de lo que está sucediendo reside en la aplicación indiscriminada y repetitiva de las teorías de la publicidad comercial y del marketing y a la política (Lozano, Irene, 2008). Y, por supuesto, a la comercialización de la información que se ha intensificado en los últimos tiempos. Otra parte responsable reside en la vuelta, el regreso político a los enfoques masificadores y emocionales propios de doctrinas y teorías que surgieron hace tiempo -principios del siglo XX- y que atraviesan la historia hasta nuestra época. Enfoques muy propios de la denominada era de las masas, que han hecho resucitar cierto pensamiento reaccionario y fundamentalista, que reinventa actitudes propias del medioevo como una falsa barrera ante el vendaval globalizador, y que vuelve a la desinformación como maniobra de manipulación política ( Pérez Tornero, José Manuel y otros, 2018; European Commission, 2018).

En cualquier caso, todo ello está suponiendo una catástrofe para la democracia, y un peligro enorme para la supervivencia de la humanidad (Snyder, Timothy, 2017). Porque de hecho lo que sucede está atentando contra el propio principio de la civilización. 

 Tratar de esforzarnos por recuperar la conversación política inteligente es, por tanto, crucial. Y, hacerlo, hoy, no es tan difícil como pudiera parecer.

Se trata de admitir -teórica y prácticamente- que los monólogos cruzados no son diálogos, aunque lo pudieran parecer. Que los relatos, por interesantes y atractivos que resulten, no pueden nunca sustituir la complejidad de las descripciones y los análisis

Se trata de rehuir, por tanto, los discursos repetitivos y maniqueos. Porque estos no pueden, de ninguna manera, sustituir el valor de las explicaciones objetivas, de las teorías bien fundadas y de los argumentos basados en la lógica estricta. 

 Se trata, también, de admitir que ni los twits sincopados, ni los muros de Facebook, ni los eslóganes apasionantes, ni los titulares escandalosos pueden asfixiar a los textos bien tejidos, a los pensamientos bien hilvanados, a las predicciones bien fundadas. Lo cual, por cierto, no significa rehuir los necesarios momentos de simplicidad que, dentro de unos límites, necesitamos de cuando en cuando.

 A lo que no podemos renunciar de ninguna manera es al equilibrio discursivo. No podemos, bajo ningún concepto, caer en el extremismo de la simplificación y renunciar, por tanto, a la inteligencia del razonamiento. 

Como tampoco podemos sustituir la expresión compleja y sutil de las emociones -que muchas veces cultivan las artes, las literaturas y la poesía- por la pasión ciega e irracional. No podemos desplazar la sutileza de una estética bien fundada por la manipulación tosca de las emociones.

Si el discurso político, la conversación social sobre la convivencia, pierden todo esta complejidad y ese sutil espíritu, dejará de ser auténticamente humano para someternos y esclavizarnos derrotando nuestro pensamiento (Finkielkraut, Alain, 1987; George, S. 2007). 

Sería, entonces, el triunfo del sinsentido, de la sinrazón, y, de hecho, el suicido de la humanidad como especie democrática. Sería una taimada invitación a la resurrección del fascismo (Albright, Madeleine, 2018).

REFERENCIAS

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