Lo vemos cada día en televisión o en las redes: en un rincón del Mediterráneo, los bombardeos no cesan -pese a las falsas treguas-, el cielo se cubre cotidianamente de humo y cientos de personas mueren, mientras otros dos millones sobreviven sitiadas o desplazadas en Gaza. Entretanto, en Cisjordania las excavadoras arrasan hogares, olivos centenarios y vidas humanas.
Lo que está ocurriendo allí, a vista de todos, no es solo una tragedia local: es el reflejo crudo de una deshumanización global que se extiende sigilosamente. Y es, además, el espejo roto de los valores de Occidente y de Europa.
Todo comenzó con el brutal y condenable ataque de Hamas el 7 de octubre de 2023, que dejó unas 1.200 víctimas y cientos de rehenes. Pero la respuesta —que en su día se hubiera entendido como un acto de legítima defensa—, en manos del gobierno de Benjamín Netanyahu, se convirtió en una acción bélica desproporcionada, masiva y sostenida. Y ha desatado una catástrofe humanitaria sin precedentes: más de 50.000 palestinos muertos, entre ellos más de 1.400 niños, según datos de la Autoridad Palestina y de la ONU, y millones de desplazados.
No hay nada espontáneo ni impremeditado detrás del fuego y los bombardeos. Lo que hay es un plan calculado y sistemático, y una estructura de impunidad. El ejército israelí, respaldado por 3.800 millones de dólares anuales en ayuda militar estadounidense y el apoyo directo o indirecto de muchos otros países occidentales, actúa bajo el pretexto de la “seguridad nacional” y de la “legítima defensa”, blindado por discursos victimistas que invocan constantemente la Shoá, denuncias de antisemitismo hacia cualquiera que los critique y, sobre todo, el veto sistemático de EE. UU. en el Consejo de Seguridad de la ONU, que deja al mundo entero impotente para detener una masacre.
Pero los hechos desmienten el relato victimista y defensivo de Netanyahu. Israel, en estos momentos, no es la única víctima, como sí lo fueron los millones de judíos asesinados bajo el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. Hoy, la muerte, en forma de bombas de fósforo, cae sobre Gaza; la ayuda humanitaria está siendo bloqueada sistemáticamente por el ejército de Netanyahu, mientras las acusaciones de genocidio y de crímenes de guerra se multiplican y se consolidan en la ONU y la Corte Penal Internacional; cientos de periodistas son asesinados por disparos del ejército de Netanyahu; las instalaciones de Naciones Unidas son destruidas; los diplomáticos occidentales son agredidos; y aún en los próximos meses veremos escenas de este tipo. Está claro: el ejército de Netanyahu ya no actúa para defender a nadie ni para que un pueblo sobreviva, sino para matar aplicando una lógica de exterminio total.
Esta situación y estas acciones no son incidentes aislados ni fruto de ninguna improvisación emocional. Todo parece indicar que forman parte de un proyecto político nacionalista radical (sionista) de erradicación y exterminio del pueblo palestino. Un proyecto deshumanizador que niega el derecho a la vida, que niega la ayuda humanitaria y que pretende expulsar a todos los palestinos de Gaza, como ha reiterado en múltiples ocasiones el ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich.
Esa negación, que tiene raíces profundas en sectores radicales del sionismo, se ha convertido hoy en práctica política: despojar a millones de personas de su tierra, su historia, su identidad y de todos sus derechos. A los palestinos expulsados de sus tierras se les niega el retorno desde 1948; hoy, con las acciones de destrucción y bombardeos de Netanyahu, el 70% de la población de Gaza está desplazada; los asentamientos ilegales en Cisjordania ya superan los 700.000 colonos.
No hay confusión posible. No estamos ante una reacción ocasional frente a un acto terrorista, sino ante una violencia estratégica, premeditada y sistemática, con objetivos militares y políticos que se resumen en una idea: erradicar al pueblo palestino y negar su existencia. Por esta razón, no querer reconocer esta violencia homicida y criminal, rehuir los hechos y permanecer indiferente ante la crueldad, como han hecho muchos líderes occidentales, constituye una negación de nuevo cuño, y un gravísimo error político, jurídico y ético que no puede dejar de tener consecuencias negativas para la consideración moral de Occidente y su democracia.
Occidente, y en particular Europa, están ante una prueba de fuego. Cada vez que un líder occidental justifica el “derecho a la autodefensa” de Israel y elude al mismo tiempo reconocer la masacre sistemática de palestinos, está consagrando la idea de que hay vidas que valen más que otras y niega el derecho del pueblo palestino a la vida. Está atentando contra los valores fundacionales de la Unión Europea y está acabando con la reputación mundial de las democracias.
Palestina es hoy —a la vista de todos— el espejo roto de los valores occidentales, de la proclamación de los derechos humanos y de los principios democráticos. Si una Europa que funda su tratado constitucional en los derechos humanos y en el respeto a la vida, ante las masacres que está perpetrando Netanyahu, viene ahora a negar esos principios, la causa del derecho global sufrirá un retroceso de muchos años y el prestigio europeo quedará por los suelos. Si Europa, que establece su gobernanza en el principio de la multilateralidad, apoya ahora la invasión israelí, estaría demostrando que el autoritarismo se impone al acuerdo. Si Europa, que ha defendido en su constitución los principios de la igualdad y el respeto, ante el caso palestino acepta la discriminación y el apartheid, estaría exhibiendo no solo su hipocresía sino su fragilidad.
Pero lo cierto es que esta negación de los valores europeos y occidentales no es solo una anomalía ni un accidente impensable. Es fruto de la radicalización de la lógica de un sistema, el capitalista neoliberal, que ha roto todos los límites y todas las reglas, y que ha pasado a explotar en todo el mundo tres derechos fundamentales:
- El derecho legítimo a la defensa, convertido en justificación para una industria armamentística global.
- El derecho a la información veraz, pervertido por la desinformación y la manipulación mediática.
- El derecho al territorio y a una vivienda digna, mercantilizado y reducido a un activo económico.
La explotación capitalista de las armas
El derecho a la defensa está reconocido internacionalmente. Pero el ejército de Netanyahu, con sus acciones, lo ha pervertido y lo ha convertido en una espoleta del negocio de las armas. Con actuaciones sin proporción alguna, con expansión ilimitada y masacres, lo que está haciendo es relanzar en todo el globo el negocio armamentístico. De este modo, Palestina, como víctima, se ha convertido en un laboratorio armamentístico, un campo de pruebas para tecnologías bélicas y un motor de beneficios para el complejo militar-industrial.
Cada ataque israelí incrementa el valor de las armas que fabrica dicho complejo y eleva los dividendos de las empresas de armamento. Israel, que en 2023 destinó el 4,5% de su PIB a defensa, está impulsando y catalizando una carrera armamentística mundial, al igual que lo ha hecho Putin con la invasión de Ucrania. La OTAN es un ejemplo revelador: sus exigencias están pasando de una contribución del 2% al 5% del PIB por parte de sus Estados miembros.
Para este capitalismo militarista, Palestina no es solo un territorio que arrasar: es un activo estratégico que impulsa el negocio de las armas. Como lo fueron Hiroshima o Nagasaki en su momento, Gaza es hoy un detonador global de la gran explosión armamentística que se avecina. Las guerras pasadas, las cesiones de Trump a Israel, el encierro de la población palestina y la violencia de los colonos fueron los primeros eslabones de una misma cadena de lucro que aún se despliega.
La indiferencia de la audiencia global
A esta explotación capitalista de las armas se suma otra: la del derecho a la información.
Palestina muestra cada día ante el mundo cómo la información veraz está siendo sustituida por narrativas anestesiantes. Aunque estamos ante el primer genocidio ampliamente documentado en tiempo real, los medios occidentales lo abordan con ocultamiento, justificaciones ambiguas o simple desinformación.
Plataformas como TikTok, X, Netflix, Prime, etc., prestan escasa atención a la información y dispersan la atención; la televisión, con su oferta de entretenimiento banal, narcotiza las conciencias; y muchos grandes diarios practican una falsa equidistancia que agrava la confusión. Son muy pocos los medios internacionales que ejercen un periodismo de calidad frente a las masacres de Netanyahu. En general, evitan hablar de “genocidio”, de “invasión” o de “ocupación” y prefieren referirse al “conflicto” o los “enfrentamientos”. Un estudio de FAIR muestra que solo el 3% de los medios occidentales emplean el término “apartheid” para describir la situación en Palestina, pese a los informes de Amnistía Internacional y Human Rights Watch. Por otra parte, se repite mecánicamente la condena a Hamas sin contextualizar ni comparar cifras: 1.200 israelíes muertos por Hamas frente a más de 50.000 palestinos a manos del ejército de Netanyahu.
Este descuido y esta pasividad no son ni neutrales ni inocentes. Practicar la ingeniería del eufemismo no es neutralidad. Convertir el sufrimiento en espectáculo y pasividad es una forma de complicidad. Pero es, sobre todo, un negocio: la explotación capitalista del derecho a la información. Las imágenes virales de cuerpos destrozados aumentan la audiencia y los beneficios, pero, sin la debida interpretación y contextualización, erosionan la empatía y el juicio crítico.
La explotación del territorio
La tercera explotación llevada al extremo por el capitalismo salvaje es la del derecho al hogar y al territorio. Mientras en Occidente se defiende la vivienda digna y la sostenibilidad, Palestina sufre, a la vista del mundo, el despojo masivo. Los palestinos pierden sus casas, sus infraestructuras, su medio ambiente. Tal vez para siempre. Su tierra, devastada, es presentada incluso como potencial destino turístico para ricos por parte de Donald Trump. Un cruel sarcasmo, pero también una revelación: el capitalismo del shock, denunciado por Naomi Klein, ya es una realidad publicitaria de primera magnitud.
La mercantilización del territorio palestino es el símbolo máximo del cinismo de un capitalismo desalmado y una consecuencia de su brutalidad. Transformar los escombros en un resort de lujo revela hasta dónde puede llegar la deshumanización.
El espejo roto de la deshumanización
Palestina es, pues, en tiempo real y a ojos del planeta, el emblema de una triple deshumanización:
- Deshumanización y explotación del derecho a la vida, pisoteado por el odio y por los intereses del negocio armamentístico.
- Deshumanización de la información, anulada como derecho fundamental y convertida en mercancía y anestesia colectiva.
- Deshumanización del territorio, aniquilado para la vida de sus legítimos habitantes y transformado en activo especulativo para un turismo de élite.
Pero también Palestina es una advertencia moral para todo el planeta. Lo que ocurre allí puede anticipar nuestro propio futuro como humanidad, sobre todo si no reaccionamos.
Ciertas preguntas se vuelven insoslayables. ¿No es posible que nuestras sociedades ahora democráticas, con el paso de los años, acaben militarizándose al servicio del complejo industrial? ¿No es posible que el negocio de la desinformación se extienda por nuestras democracias —en forma de banalización del horror, de telebasura o de acoso a nuestra propia dignidad— y nos impida un día no muy lejano distinguir entre verdad y ficción? ¿No es posible que, de seguir así las cosas, lleguemos a perder nuestro inalienable derecho a una vivienda en favor de la especulación silenciosa que amenaza nuestros hogares y nuestras ciudades?
Creo, sinceramente, que sí: que todo esto puede pasar. Y que Palestina —pese a su singularidad y a la crueldad de la situación— puede ser un anticipo de lo que podría suceder en otras partes del mundo, incluso a nosotros mismos, si no frenamos lo que está ocurriendo. Por eso creo que las democracias occidentales están fallando en algo esencial: en la solidaridad a la que nos obliga el mundo global que hemos construido. Porque ya no basta con declaraciones o hashtags. Es urgente actuar: sancionar, boicotear, acudir a la Corte Penal Internacional, exigir respeto a los derechos humanos. Defender los valores democráticos también implica hacerlo más allá de nuestras fronteras.
Por eso cobra especial valor la iniciativa del Gobierno español para levantar una coalición internacional de países que pronuncien un efectivo ¡basta ya! a las masacres en Palestina. Ya no se trata solo de un acto de solidaridad con otros; es un gesto de legítima defensa de nuestros principios y de nuestras libertades.
Lecciones a aprender
Palestina nos confronta con nuestras debilidades y nos obliga a rectificar. Nos recuerda:
- Que el derecho a la vida es universal e inalienable y no puede subordinarse al mercado de las armas.
- Que la información veraz es un derecho esencial, sin el cual no hay democracia posible, y que no puede ser malbaratada por la industria del espectáculo ni pervertida por la pandemia de la desinformación.
- Que la tierra es un derecho no negociable y forma parte inseparable del derecho a la vida, y que por tanto no puede ser aplastada ni por invasiones militares ruidosas ni por explotaciones turísticas silenciosas.
- Que cuando las armas hablan, la humanidad calla, y la democracia libre y la solidaridad se extinguen.
Aceptar sin rebelarse esta triple deshumanización es renunciar a nuestra humanidad. Porque nada humano nos es ajeno, y Palestina no es un conflicto ajeno: es algo propio y es, además, un espejo de nuestras contradicciones y una advertencia sobre el futuro que podríamos enfrentar si no reaccionamos a tiempo.
Esperanza en la adversidad
Y sin embargo, paradójicamente, incluso en medio de la tragedia, Palestina puede ser también semilla de cambio y fuente de esperanza.
El cambio puede ser político. En las últimas horas, comienzan a percibirse señales, hasta hace poco impensables, entre gobiernos tradicionalmente cercanos a Israel. Alemania, que durante décadas ofreció un respaldo incondicional al gobierno israelí, empieza a manifestar su perplejidad ante las acciones del ejército de Netanyahu. El canciller Friedrich Merz se ha preguntado abiertamente: “¿Qué está haciendo el ejército israelí en estos momentos?”. España, por su parte, impulsa una iniciativa internacional para el reconocimiento del Estado palestino, y en los últimos días ha logrado avanzar significativamente en ese propósito. El secretario general de Naciones Unidas mantiene su firme llamado a la paz, al igual que los principales responsables de las agencias internacionales. Y, poco a poco, los movimientos sociales en todo el mundo se activan, mostrando su solidaridad con las víctimas palestinas. Incluso entre ciudadanos judíos, tanto en Israel como en la diáspora, empieza a aflorar sin tapujos un hartazgo creciente ante la crueldad y la irracionalidad del gobierno de Netanyahu.
Y del cambio, nace la esperanza. Una esperanza que brota de esos gobiernos que se atreven a decir ¡basta!; de los miles de voluntarios que cada día arriesgan su integridad para llevar agua y asistencia humanitaria a quienes sufren; de los periodistas que se juegan la vida por contar la verdad; de los israelíes y judíos que marchan en Tel Aviv y en tantas otras ciudades en contra de las políticas de su propio gobierno; de los jóvenes que, en todo el mundo, comienzan a romper el silencio; y de los millones de ciudadanos que, aunque relegados al papel de espectadores pasivos, están empezando a exigir con fuerza una acción concreta ante el exterminio que tienen ante sus ojos.
Hay esperanza, sobre todo, porque frente al espíritu cínico de un capitalismo salvaje —que no duda en lucrarse con el dolor humano— empieza a vislumbrarse, en el debate público y en los movimientos progresistas, un resurgimiento profundo de los valores de la fraternidad y la igualdad. Se alza una demanda firme por la defensa de los derechos humanos, junto con una creciente repulsión ante la violencia y la sinrazón.
Por eso, Palestina, ese espejo roto de nuestros valores, nos convoca hoy con urgencia. Nos llama, uno a uno, como personas y como ciudadanos del mundo, a defender esos mismos principios que hoy se tambalean por la tibieza y la incoherencia. Nos obliga a comprender que la seguridad en un mundo compartido no se alcanza por la vía del miedo o del exterminio, sino por nuestra capacidad colectiva de crear paz y evitar la guerra.
Tal vez, en medio de su inmenso dolor, Palestina esté destinada a despertar nuestra conciencia. Tal vez, sirva para recordarnos —con toda su crudeza— que nada humano nos puede ser ajeno. Nadie ni nada. En ninguna circunstancia.
(Una versión de este texto fue publicada en L’Endavant)











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