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La UE contra el imperialismo tecnológico

Trump dio el disparo de salida en la implantación de un nuevo orden capitalista mundial, nada más llegar a su segunda presidencia. Ahora sabemos ya que ese nuevo orden debe llamarse: imperialismo tecnofeudal. Imperialismo, porque reaparecen las sumisiones territoriales de los antiguos imperios. Y tecnofeudal (Durand, Varoufakis), porque empiezan a imponerse servidumbres y vasallajes a los nuevos señores de la tecnología. Hoy en día, avanzado el proyecto, sabemos también que la dosis de militarismo y de supremacía armamentística de EE. UU. forma parte nuclear de ese nuevo imperialismo.

Este tecnofeudalismo imperial y millitarista sólo puede ser liderado por Estados que reúnan cuatro condiciones: Ser potencias económicas. Disponer de un gran poder militar. Dominar plataformas tecnológicas capaces de controlar la conducta de millones de ciudadanos. Y contar con gobiernos casi despóticos.

Solo dos países cumplen actualmente estos requisitos: EE. UU. y China: potencias económicas, gran poder militar, grandes plataformas tecnológicas y con gobiernos autoritarios o cuasi despóticos. Pues, bine, son ellos los que han empezado a repartirse el mundo. Y en esa repartición a la UE -potencia económica, pero sin ejército, ni tecnología suficiente, ni (al menos, por ahora) despotismo político- le corresponde un papel secundario irrelevante.

Pero ¿hay que ceder y resignarse a esta irrelevancia? Es cierto que, tras el Brexit, el auge de la extrema derecha, la invasión rusa de Ucrania y el genocidio israelí en Palestina, la UE parece haber quedado sin rumbo y en estado de conmoción. Pero aún puede reaccionar y sobreponerse.

Para ello debería resolver el dilema entre sucumbir ante el tecnofeudalismo (y quedar, así, subordinado al inquilino de turno de la Casa Blanca) o, como alternativa, desarrollar un modelo propio que le permita alcanzar la autonomía estratégica.

El vasallaje a los señores tecnofeudales

Sucumbir al tecnofeudalismo representaría para Europa rendir vasallaje a los nuevos señores feudales (Elon Musk y otros), y ponerse al servicio del rey queestos han elegido (Trump). Las servidumbres de ese vasallaje son claras.  Pasan, en lo militar, por aumentar el gasto -lo cual beneficiaría a la industria armamentística norteamericana-. En lo tecnológico, por abolir -siguiendo el dogma trumpista- la regulación sobre plataformas tecnológicas -lo cual consagraría la supremacía de la oligarquía norteamericana-. Finalmente, en lo político, la UE debería renunciar al estado de derecho, al de bienestar y a la defensa de los derechos humanos y el multilateralismo en las relaciones internacionales -a los que EE. UU. parece estar dispuesto a renunciar tras la crisis institucional abierta por Trump-.

Autonomía estratégica

Por contra, la alternativa de alcanzar la autonomía estratégica consiste en que la UE se afirme en la defensa de su propio modelo. O sea, que no renuncie a los principios de la UE: cooperación, la democracia y la unidad en la diversidad. Para ello, es ineludible disponer de un plan de acción sostenido por la mayoría de los ciudadanos, movilizados al efecto.

En lo militar, exige que el gasto en cooperación y desarrollo se priorice frente al gasto en armas. Lo que es especialmente importante en relación con los países vecinos, desde el Mediterráneo hasta Rusia. En lo tecnológico, se trata tanto de mantener las reglas del mercado interior como de aumentar las inversiones en tecnología (I+D+I, y formación). Finalmente, en lo político, se trata de desentenderse del canto de sirenas que representa el autoritarismo populista y priorizar la defensa de la democracia.

La búsqueda de consenso

Ahora bien, si en el plano teórico la respuesta es clara no lo es tanto en el plano político. Mientras el tecnofeudalismo encuentra aliados en la extrema derecha -convertida en el caballo de Troya del Trumpismo-, no hay unidad entre quienes se oponen a él. Es cierto que el trumpismo ha generado multitud de movimientos de protesta, pero son muy dispersos y, como siempre, la suma de oposiciones nunca generará una alternativa estable.

En este contexto, la prioridad de la UE ha de ser articular un consenso ciudadano mayoritario y una amplia concertación política que vaya desde la derecha democrática y moderada a la izquierda plural. Naturalmente, construir este consenso exige dejar de lado cualquier frentismo retórico -que exagera las diferencias e impide los acuerdos-. Y pasa por movilizar a la mayoría social más amplia posible en cada uno de los estados de la Unión.

Por supuesto, exigirá mucho esfuerzo, y una buena dosis de tolerancia y comprensión. Pero en estos momentos, vale la pena. Porque es la única vía posible para, por un lado, vencer al tecnofeudalismo imperialista y, por otro, alcanzar autonomía estratégica que la UE necesita paras existir.

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