Hay que situarse en 1945.
Los Aliados acaban de doblegar al nazismo, y sobre Europa pesan como una losa la cifra —todavía estremecedora— de más de ochenta millones de muertos; el Holocausto —que asesinó a seis millones de judíos, gitanos y disidentes políticos—; y la enorme devastación de un continente reducido a escombros y ceniza.
En ese preciso instante, León Blum sale de prisión tras cinco años de cautiverio.
Presidente del gobierno durante el Frente Popular francés, líder histórico del Partido Socialista Francés, había sido deportado a Alemania por el régimen de Vichy y pasó casi toda la guerra en Buchenwald. Ahora, liberado y con setenta y tres años, publica el libro que había escrito durante su encierro: A escala humana. Una obra reflexiva, serena y propositiva, sin ningún ajuste de cuentas, ni el más mínimo destello de doctrinarismo. Un ejercicio de lucidez política y de generosidad humana.
Avancemos ahora casi ochenta años. Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea desde 2019 y reelegida en 2024, gestiona el destino político y económico de más de cuatrocientos cincuenta millones de ciudadanos europeos. Médica de formación, ministra alemana durante más de una década, Von der Leyen no ha escrito ningún tratado político comparable al de Blum. Pero ha pronunciado discursos —especialmente, el último ante los embajadores de la UE—, impulsado estrategias y tomado decisiones que permiten reconstruir con bastante nitidez su visión del mundo. Una visión que, en más de un aspecto esencial, contrasta profundamente con la de Blum.
No se trata de comparar a dos personas que pertenecen a tradiciones y épocas distintas como si fueran rivales en un mismo debate. Se trata, más bien, de utilizar ese contraste como un espejo: para entender mejor adónde apuntaba Blum y adónde parece estar apuntando Europa hoy, bajo el liderazgo tecnocrático y atlantista que Von der Leyen encarna.
Ese contraste, en el fondo, no es personal. Es político. Y por eso merece ser examinado con detenimiento.
Democracia social versus competitividad global
La primera y más radical convicción de Blum en A escala humana es que no existe democracia política estable sin democracia social.
Para él, intentar separar el poder político del poder económico es siempre una ficción que tarde o temprano devora a la democracia desde dentro. Las desigualdades extremas corroen la participación política, capturan las instituciones y vacían de contenido el sufragio universal.
En 1945, este diagnóstico tenía el peso de la experiencia vivida: Blum había visto cómo la crisis económica de los años treinta, con su cortejo de paro masivo, miseria y desintegración social, había alimentado el fascismo y el nazismo. La conclusión era tajante: sin igualdad económica, la igualdad política es un simulacro.
¿Qué encontramos en el horizonte de Von der Leyen?
El informe Draghi sobre la competitividad europea, asumido con entusiasmo por la presidenta de la Comisión, propone una Europa que compita globalmente con Estados Unidos y China en tecnología punta, inversión en defensa y capacidad industrial. Es un horizonte ambicioso y, en parte, necesario. Pero en él la pregunta sobre la distribución de la riqueza, sobre el salario vital que Blum consideraba irrenunciable, sobre la regulación del trabajo en la era de los algoritmos y la colonización de la vida que producirá la tecnología digital, ocupan un lugar secundario o directamente ausente.
Es cierto, Von der Leyen ha hablado continuamente de autonomía estratégica europea, de soberanía tecnológica, de una Europa capaz de hablar el lenguaje del poder. Son conceptos necesarios, pero no suficientes. Orbitan casi todos ellos en torno a la competencia entre potencias, y en torno a la idea de la soberanía europea. Pero no en torno a la condición de vida de los trabajadores europeos, ni a la lucha por la igualdad e inclusión, que, sin desaparecer, han pasado a segundo plano. Cuando se habla de transición verde o de digitalización, el énfasis recae generalmente sobre la innovación y sobre los beneficios de la industria, raramente sobre quién se beneficia de esa innovación y quién paga el coste de esa transición.
Blum, por su parte, había advertido que el mercado sin regulación es capaz de producir catástrofes sociales tan graves como las de la guerra. Que era, por tanto, necesario asegurar la existencia de un salario mínimo vital, que asegure la autonomía de los individuos, tanto como una mínima regulación y planificación económica que permita desarrollar la democracia social.
La Comisión Europea, bajo la presidencia de Von der Leyen, ha tendido a ver la regulación ante todo como un obstáculo a la competitividad —el llamado «exceso regulatorio» que tanto preocupa a los lobbies industriales— más que como una garantía de justicia social. Creo que puede ser verdad en parte que haya un exceso de burocracia y de lentitud en la toma de decisiones. Es más, me parece indiscutible. Pero que la crítica a la burocracia se vaya convirtiendo en la disolución progresiva de las normas y las reglas es preocupante.
El giro observable en el segundo mandato de Von der Leyen, con la presión desreguladora procedente de la derecha política y de los grandes grupos empresariales, parece confirmar esta tendencia.
No hay en este análisis ninguna intención de caricaturizar ni de simplificar. Es cierto, Von der Leyen ha impulsado el pilar europeo de derechos sociales y ha apoyado medidas de protección durante la pandemia y lo sigue haciendo aún hoy en día. Pero la arquitectura de fondo de su proyecto europeo tiende a situar el poder militar y el poder económico por encima de la igualdad y la justicia social; tiende a situar la competitividad por encima de la necesidad de ofrecer a los trabajadores un salario suficiente; pone el crecimiento por delante de la redistribución. Y en ello, percibo una tendencia que a la larga puede dañar el proyecto europeo, que se fundó con ideales sociales más ambiciosos y mantuvo siempre un equilibrio vigoroso sobre estos ideales.
Blum, a juzgar por sus ideas expresadas en A escala humana, habría reconocido en esa jerarquía de prioridades de la presidenta de la CE un síntoma familiar: el de una política que dice defender a los ciudadanos mientras cede la organización básica del mundo a quienes detentan el poder económico.
Soberanía compartida versus Europa como potencia
La segunda gran apuesta de Blum era institucional: el federalismo como garantía democrática.
Frente al Estado centralizado y el poder ejecutivo sin contrapesos —que había visto triunfar en Alemania e Italia con consecuencias devastadoras—, Blum defendía una arquitectura política basada en la separación y el equilibrio de poderes, en la descentralización y en la distribución de la soberanía. No el federalismo como opción identitaria, sino como distribución del poder para hacerlo más controlable, más cercano y más difícilmente monopolizable.
La Unión Europea, en su diseño original, recogía en parte este espíritu. La distribución de competencias entre instituciones comunitarias, estados miembros y regiones; el Parlamento Europeo como contrapeso democrático; el principio de subsidiariedad como garantía de proximidad: todo ello respondía, al menos en teoría, a una lógica de soberanía compartida y poder distribuido.
Von der Leyen ha impulsado, en cambio, un modelo diferente.
No es que haya abandonado el federalismo europeo, pero su gestión ha tendido a concentrar la iniciativa política en la Comisión —y muy especialmente en su presidenta—, a actuar con celeridad ejecutiva en ámbitos que requerirían deliberación más amplia, y a presentar Europa, sobre todo, como un actor de poder geopolítico en competencia con otras grandes potencias.
La compra de vacunas durante la pandemia —opaca, acelerada, con contratos que tardaron años en hacerse públicos—; la gestión de la política energética tras la invasión de Ucrania —decidida en gran parte al margen del Parlamento Europeo—; el anuncio de rearme acelerado con el programa ReArm Europe; o la propuesta de emitir deuda común para financiar la defensa: son decisiones de enorme alcance que Von der Leyen ha impulsado con una velocidad y una concentración de iniciativa que habrían inquietado profundamente a Blum.
Pero más preocupante es aún la posición de querer mirar hacia otro lado con relación a la masacre israelí sobre Gaza, o la constitución de una comisión de paz al margen de Naciones Unidas sobre la región. Y, sobre todo, su última idea, expresada ante los embajadores de la UE en el mundo: que el orden mundial —basado en normas y en multilateralidad— ha acabado y nos abocamos a la aceptación —entre resignada y complaciente— de un orden mundial basado en el poder o, como ella ha dicho, en la proyección de poder.
El problema no es si estas medidas son acertadas o erróneas en sus contenidos concretos. El problema es el modelo político que las sustenta, que se apoya indiscutiblemente en dos principios más o menos reconocidos: a) una concepción de la eficacia ejecutiva que tiende a prescindir del debate parlamentario cuando la urgencia lo justifica, y que equipara la fortaleza de Europa con la capacidad de sus líderes de actuar rápido y sin demasiadas ataduras institucionales; y b) la aceptación sin crítica de que será el poder del más armado el que ha de constituir —sin crítica ni oposición— el nuevo orden mundial.
Blum habría señalado, con su habitual calma analítica, que ese modelo tiene un nombre conocido: autoritarismo. El autoritarismo del ejecutivo fuerte, que se legitima por los resultados, y no por los procedimientos y por el respeto a las normas. Y el autoritarismo de un orden internacional regido, casi exclusivamente, por el poder de la fuerza militar.
Blum habría recordado que esa lógica, llevada a sus últimas consecuencias, es la que a lo largo de la historia ha conducido a la erosión de la democracia —desde dentro, y desde fuera—.
Hay en Von der Leyen, además, una fascinación por el lenguaje del poder que resulta reveladora. Cuando dice «Europa debe hablar el lenguaje del poder»; cuando sostiene sin rubor que Europa debe ser una potencia que los demás respeten solo por su fuerza económica y militar, está olvidando muchas cosas y abandonando muchos principios éticos en los que la idea de Europa se ha fundado siempre.
Es cierto que Europa debe estar en condiciones de defenderse sola y que para ello su mejor baza es su potencia económica y que, de ningún modo, puede eludir su defensa militar. Pero la auténtica fuerza europea solo vendrá de saber combinar estos factores con la idea de la regulación de la vida en torno a los principios del derecho, la legalidad y la moralidad y consistencia ética de las normas y de su aplicación a través de la justicia. ¿Qué fuerza tendría Europa si olvidase los principios de la Convención de Derechos Humanos, si olvidase los principios de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución Francesa, si olvidase la lucha feminista o la idea de Estado de derecho y de Estado del bienestar? Seguramente, sin eso, Europa podría ser una potencia y hasta un imperio, pero no sería la Europa democrática que ha inventado la federación de la Unión Europea.
Con casi ninguna duda, Blum habría reconocido en ese vocabulario de Von der Leyen el eco de una tradición política muy distinta a la suya: no la de la soberanía compartida para proteger a los ciudadanos; no la de la democracia social que busca la igualdad, sino la de la potencia económica y militar que busca afirmarse frente al exterior, descuidando el bienestar de sus ciudadanos.
Internacionalismo versus geopolítica de bloques
El tercer eje de Blum era, quizás, el más visionario: el horizonte internacionalista.
Una socialdemocracia nacional —sostenía—, por bien construida que esté, no será viable ni estable si no se integra en un orden europeo y, más allá, en un orden universal.
La secuencia lógica, para él, era inexorable: democracia política implica democracia social; democracia social implica internacionalismo; y la paz solo se alcanza a través de la democracia universal.
Blum recogía aquí las ideas de Jean Jaurès, su maestro, que había dicho que un poco de internacionalismo aleja del patriotismo, pero que mucho internacionalismo acerca a él. No hay contradicción entre ser profundamente francés —o español, o alemán— y trabajar por un orden internacional justo. La contradicción está del otro lado: en el nacionalismo que, al replegarse sobre sí mismo y convertirse en supremacismo, termina generando el conflicto que dice querer evitar.
El internacionalismo de Blum no era ingenuo. Sabía que sin instituciones sólidas y un poder internacional eficaz, la guerra siguiente sería inevitable. Por eso abogaba por construir organismos multilaterales con autoridad real, capaces de arbitrar conflictos y garantizar el derecho internacional.
El multilateralismo no era para él una opción entre otras: era la condición de posibilidad de la paz.
Von der Leyen opera en un mundo distinto, en un mundo en el que ese multilateralismo está gravemente herido.
Y su respuesta a ese deterioro no ha sido crítica, nunca ha mostrado un ápice de incomodidad. En términos generales, su tendencia ha sido la de abrazar la lógica de bloques y la lógica del poder del más fuerte sin rechistar. En el caso de la invasión rusa de Ucrania es cierto que ha defendido a Ucrania, pero también es cierto que su postura nunca ha sido lo suficientemente firme frente a Trump y a Putin como para lograr que la UE estuviera presente y fuera garante de las conversaciones de paz en la región. Siempre ha aceptado —sin casi ninguna crítica— la prevalencia de la OTAN como eje central de la política exterior europea. Y cuando ha hablado de cobrar autonomía ante ella, ha sido con la boca pequeña.
Es una posición comprensible dada la debilidad militar de la UE, y la enorme losa que supone la invasión rusa de Ucrania. Pero tiene costes que conviene no ignorar.
El primero es haber ido aceptando poco a poco el debilitamiento de las Naciones Unidas y de los mecanismos multilaterales que, con todas sus limitaciones, siguen siendo el único marco en el que se puede construir un orden mundial no basado en la fuerza.
Von der Leyen ha tendido a sustituir el multilateralismo universal por la coalición de aliados —el G7, la OTAN, la UE como bloque occidental—, lo que significa, en la práctica, que el derecho internacional queda subordinado a los intereses de las potencias democráticas cuando estas lo juzgan conveniente.
El segundo coste es la pérdida de credibilidad moral ante el Sur Global. La respuesta de la Unión Europea a la guerra de Gaza ha puesto en evidencia una doble vara de medir que no ha pasado desapercibida en África, Asia o América Latina: la condena unánime a la agresión rusa en Ucrania, plenamente justificada, contrasta con la tibieza —cuando no el silencio— ante la masacre de civiles palestinos.
Blum, que era judío y conocía mejor que nadie la diferencia entre antisemitismo y crítica política, habría sido el primero en señalar que la defensa de Israel no puede equivaler a la renuncia al derecho internacional humanitario. Y que como seres humanos los palestinos y los iraníes no pueden confundirse ni con sus gobernantes ni con el régimen político en el que viven. Teniendo en cuenta la escala humana, Blum no habría confundido nunca las personas con el régimen político bajo el que viven, como ha hecho Von der Leyen al referirse a la intervención militar de Israel y EE. UU. en Irán.
El tercero es el rearme. Von der Leyen ha liderado el giro europeo hacia el incremento masivo del gasto militar, con el programa ReArm Europe y la propuesta de que los estados miembros destinen el cuatro por ciento de su PIB a defensa.
Es una respuesta comprensible ante el deterioro del contexto de seguridad mundial. Pero Blum, que había vivido en carne propia adónde lleva la carrera armamentística, habría preguntado con qué lógica política se justifica ese giro: ¿como último recurso ante una amenaza real, o como sustitución de la vía política por la vía de la fuerza? ¿Como defensa de Europa, o como contribución a una espiral que termina por hacer la guerra más probable, no menos?
Blum advertía en su libro que, si de la Segunda Guerra no salían instituciones internacionales sólidas, la guerra siguiente sería inevitable. La advertencia sigue siendo válida. Y hoy, cuando vemos tambalearse esas instituciones bajo el peso del trumpismo y de las guerras en curso, la pregunta es si la respuesta europea está siendo la de fortalecer el multilateralismo o la de adaptarse a su declive aceptando sus términos. Es esta la cuestión.
La democratización del conocimiento: de Blum a la IA
Hay un cuarto punto de divergencia que merece atención, aunque en el texto de Blum ocupa un lugar secundario: la democratización de la ciencia y la tecnología.
Para Blum, la ciencia y la tecnología son una herencia anónima, fruto del trabajo acumulado de generaciones, y como tal no pueden quedar reservadas a quienes tienen la suerte de poseerlas o de nacer cerca de ellas. El progreso científico pertenece a todos, y su democratización es una exigencia de justicia elemental.
Esta idea, formulada en 1945, adquiere una urgencia nueva en nuestra época, cuando el control de la inteligencia artificial, de los datos y de las plataformas digitales en Occidente se concentra en un puñado de empresas privadas —mayoritariamente norteamericanas— con una capacidad de influencia sobre la vida política, económica y cultural que no tiene precedente histórico. ¿Quién controla los modelos de lenguaje, los sistemas de vigilancia digital y las plataformas de comunicación no está controlando, en buena medida, el espacio público en el que se desarrolla —o languidece— la democracia?
Von der Leyen ha impulsado la regulación europea de la inteligencia artificial —la Ley de IA— y ha defendido la soberanía tecnológica europea. Es cierto. Son pasos en la dirección correcta. Pero la lógica que los sustenta sigue siendo la de la competitividad: Europa debe no quedarse atrás en la carrera tecnológica global, Europa debe tener sus propios campeones digitales. La pregunta de Blum —¿quién se beneficia del progreso tecnológico y en qué condiciones? — sigue sin recibir una respuesta satisfactoria en el marco europeo. ¿Será capaz Von der Leyen de resistir la presión desreguladora de un Trump —abiertamente libertario en esta materia— cuando depende tanto de él lo militar y en la ideología que, según Von der Leyen, debe informar el nuevo orden mundial donde las reglas pasan a segundo plano?
La democratización de la IA no es solo un problema de regulación técnica. Es un problema de poder: quién decide cómo funcionan estos sistemas, quién accede a ellos, quién los audita, quién los controla.
Blum habría dicho que, sin una respuesta igualitaria a esas preguntas, la revolución tecnológica no será nunca —pese a tantas promesas— una palanca de emancipación sino un nuevo mecanismo de concentración de poder.
Y habría tenido razón.
La ética como fundamento: lo que separa definitivamente a los dos
Hay, por último, algo en el contraste entre Blum y Von der Leyen que trasciende lo programático y que quizás sea lo más revelador de todo: la concepción de la política como práctica moral.
Blum entiende la democracia social no como una ideología o un conjunto de propuestas técnico-políticas, sino como una exigencia ética: la construcción de una sociedad fundada en la justicia igual para todos, en la paz igual entre los pueblos.
El socialismo democrático, escribe, nunca ha renunciado a los valores morales ni espirituales. Nunca ha repudiado el sentido de la dignidad humana ni el de la virtud. Lo que ha hecho es darles un sentido nuevo. En realidad, no puede, porque sería irreconocible.
Esta afirmación tiene un peso específico que no puede ignorarse: viene de un hombre que acaba de sobrevivir a Buchenwald. Una persona que, como judío, como demócrata y político, fue detenida por el régimen de Vichy y puesta en manos de los nazis en un campo de concentración. Sus palabras no son retóricas. Su discurso no está vacío ni es banal. Es el destilado de una experiencia extrema que pudo haberle llevado al rencor, al cinismo o al odio, y que en cambio le llevó a escribir un programa de fraternidad y esperanza.
Von der Leyen pertenece a otra tradición. Su política tiene indudables elementos de convicción democrática y de compromiso con los valores europeos. Pero su estilo es el del pragmatismo ejecutivo: la eficacia antes que la coherencia moral; el resultado antes que el procedimiento; la gestión de las crisis antes que la reflexión profunda sobre sus causas. La sumisión al poder, antes que la rebeldía moral.
En ese modelo, la política es ante todo una técnica de gobierno, que puede conducir a éxitos efímeros, pero no una práctica moral, ni siquiera una buena estrategia.
La diferencia entre Blum y Von der Leyen no es de carácter sino de concepción estratégica.
Blum creía que la política de progreso no puede ganar —ni merece ganar— si renuncia a la coherencia entre lo que dice y lo que hace. Von der Leyen —como otros muchos políticos que suelen olvidar las consecuencias a largo plazo de sus acciones— opera en un mundo en el que esa coherencia pasa a segundo plano y es permanentemente suplida con las urgencias del momento, con las presiones de los grandes Estados, con los intereses de los grupos económicos que financian y sostienen el proyecto europeo, o, sencillamente, con una laxitud intelectual y ética que está, lamentablemente, a la orden del día.
No se le puede reprochar a Von der Leyen que no sea Blum. Por supuesto. Nadie puede situarse en el lugar de otra persona ni en otra época. Pero sí puede señalarse que la ausencia de esa dimensión ética que Blum reconocía —de esa necesaria coherencia y tensión entre los medios y los fines, entre el programa y la práctica— puede acabar debilitando la capacidad de Europa para ofrecer algo más que un modelo de gestión eficaz.
Y que en un mundo en el que el cinismo político avanza, la propuesta de Blum —que es la de una política que aspira a ser también una práctica moral— sigue siendo, setenta años después, la más difícil de encontrar y la más necesaria.
Escala humana o escala imperial: una elección que Europa tiene pendiente
¿Adónde conduce este contraste?
No a la conclusión simplista de que Von der Leyen es la mala y Blum el bueno. La historia y la política no funcionan así. El mundo es más complejo.
Von der Leyen ha gestionado crisis de una complejidad extraordinaria con herramientas institucionales imperfectas, en un contexto de amenazas reales y de erosión acelerada del orden internacional que Blum tanto se esforzó en construir.
Pero el contraste entre el pensamiento de uno y de otra sí señala algo importante: que hay dos formas de entender el proyecto europeo que están en tensión hoy con una claridad que no puede ignorarse.
Una, la de Blum, que sitúa la igualdad, la soberanía compartida, el internacionalismo y la paz como fundamentos de una democracia duradera. Otra, la que Von der Leyen encarna cada vez con mayor nitidez: que Europa puede sostenerse aceptando acríticamente la fuerza de EE. UU. y su poder militar; la que considera que pegarse al nuevo orden mundial imperial regido en Occidente por EE. UU. es la mejor solución para los intereses europeos. Y, sobre todo, vistiendo todas estas debilidades de defensa de la competitividad o de la autonomía estratégica.
La primera apuesta, la de Blum, tiene el mérito de la coherencia moral y de la visión a largo plazo. La segunda, la de Von der Leyen, tiene el mérito de la adaptación a la realidad inmediata y coyuntural. El problema es que, sin el anclaje de la primera, la segunda tiende a reproducir la lógica del poder que Blum identificó como la fuente principal de los males del siglo XX: la concentración de poder, la sustitución del derecho por la fuerza, la subordinación de los ciudadanos a los imperativos de la potencia. Digámoslo directamente: la del imperialismo ejercido por el más fuerte.
Blum escribía desde un campo de concentración, con setenta y tres años, sin saber si Europa sería capaz de aprender las lecciones más elementales de su propia historia. Nosotros escribimos desde la relativa comodidad de una Europa todavía en paz, pero con la creciente sensación de que esas lecciones que Blum mostró pueden estar olvidándose.
La elección que Blum planteó en A escala humana no era entre el idealismo o la utopía, por un lado, y el realismo y el pragmatismo, por otro. Era entre dos tipos de realismo: el del poder que se afirma a sí mismo como único horizonte posible, y el del poder que se pone al servicio de la igualdad y la paz.
El primero es más cómodo a corto plazo; rinde beneficios inmediatos, pero nos acerca al abismo paulatinamente.
El segundo es el único que, a largo plazo, ha demostrado ser capaz de garantizar una democracia que merezca ese nombre.
Desde mi punto de vista, Europa tiene esa elección pendiente. Y de ella depende su porvenir como espacio democrático universal. Y la tiene en estos momentos.
Por eso no debemos aplazar ni la crítica, ni el debate.
(Una versión de este texto se publicó en L’Endavant)










