Políticas

“Furia épica”: cinismo real

Los ejércitos estadounidense e israelí, tan dados a protagonizar películas de acción de Hollywood tras la Segunda Guerra Mundial, conservan aún cierto estilo épico y peliculero a la hora de poner nombre a sus operaciones bélicas. La que capturó a Maduro se llamó «Determinación absoluta». La que ahora ejecutan contra Irán —matando a sus líderes y destruyendo instalaciones militares— lleva el nombre de «Furia épica». La batalla de Israel contra los palestinos en Gaza fue bautizada como «Escudo de hierro». Pero ese estilo heroico y fílmico ha quedado vaciado de contenido.

En la posguerra, los ejércitos de EE. UU. e Israel podían presentarse como liberadores. Venían a defender a los europeos frente a la tiranía nazi o a proteger a un pueblo que acababa de sufrir el Holocausto y parecía recuperar su hogar. Pero en ninguna de las operaciones actuales queda nada de aquellos valores ni de aquel contexto.

Conviene, antes de seguir, hacer una aclaración imprescindible. El régimen de los ayatolás en Irán es un régimen teocrático, fundamentalista, tiránico y opresor: tortura a sus ciudadanos, ahorca a disidentes, encarcela a periodistas y aplasta a las mujeres —que ni siquiera pueden quitarse el velo—. Nada puede decirse en su defensa. Del mismo modo, los ataques terroristas perpetrados por Hamás el 7 de octubre de 2023 fueron un crimen atroz e injustificable: una masacre deliberada de civiles que constituye terrorismo en su acepción más descarnada y que sirvió de justificación a Netanyahu para la invasión de Gaza. Reconocer estos hechos no es optativo; ha de ser el punto de partida de cualquier análisis honesto.

Pero reconocer y condenar estos hechos no significa aceptarlos como motivación racional o como coartada ilimitada para todo lo que ha venido o pueda venir después.

Ni el ejército de EE. UU. ni el de Israel están liberando a nadie ni emancipando a ningún pueblo. Tampoco su principal motivación —por muchos temores que puedan cultivarse— es protegerse, ni siquiera preventivamente. Sus acciones —como ha llegado a reconocer el propio Trump— buscan ganar poder y petróleo, es decir, afirmar su ventaja en un mundo desigual. Para ello, en ocasiones se contentan con apartar a quien no se aviene a sus intereses y colocar en el poder a quien pueden manipular: es el caso de Maduro, que reside ya en una prisión norteamericana, mientras Delcy Rodríguez sigue en la cúpula de un régimen antidemocrático como es el madurismo sin Maduro. En otras ocasiones eliminan directamente a sus adversarios mediante asesinatos, bombardeos y misiles balísticos; es el caso de los líderes iraníes y la razón por la que ha comenzado la operación «Furia épica».

Estos ejércitos —el estadounidense y el israelí— han pasado de sentirse aclamados por representar el papel de David tras la Segunda Guerra Mundial a adoptar una actitud de Goliat, alardeando de superioridad económica y militar sobre el resto de países. A partir de aquí ya no parece requerirse justificación política ni moral para sus acciones. Basta la voluntad de sus presidentes, por mucho que su autoridad esté contestada en sus propios países —como sucede con Netanyahu, que afronta procesos judiciales; o con Trump, que ha estado envuelto en acusaciones muy graves relacionadas con la insurrección del 6 de enero—.

Tras esta transmutación, ni siquiera en los nombres de sus operaciones queda otro valor que un ejercicio semiótico de parodia: parodia y ridiculización de los mismos valores que un día defendieron. No hay nada de lo que simulan proclamar.

«Furia épica», «Determinación absoluta», «Escudo protector» … Todo suena a farsa infantil si no fuese por el cinismo y la violencia real que ocultan.

¿Qué tipo de nobleza guerrera puede existir cuando se simula negociar con el gobierno iraní para asestar después un golpe más certero, por sorpresa? ¿Qué épica heroica hay en disparar misiles desde portaaviones situados a cientos de kilómetros, guiados por inteligencia artificial y sin arriesgar apenas nada? ¿Qué determinación absoluta puede haber en el propósito de “emancipar” a los iraníes cuando, al mismo tiempo, se consolida un régimen autoritario como el venezolano en función de intereses energéticos? ¿Y qué escudo protector protege de un adversario al que ya se ha arrasado, como sucede en Gaza?

¿Hemos aprendido?

Si aceptáramos las lecciones de los hechos, la historia reciente debería pesar como una losa en las decisiones militares de EE. UU. e Israel. Pero estamos lejos de haber aprendido.

Las intervenciones militares de EE. UU. en Oriente Medio —especialmente contra países de mayoría musulmana— durante los últimos decenios han dejado un rastro de devastación duradera. Recuérdense las invasiones de Afganistán e Irak y analícense sus resultados. A ello hay que sumar la devastación provocada por el fundamentalismo, el Estado Islámico y los tiranos apoyados por Rusia y otras potencias extranjeras: los casos de Siria y Libia son aleccionadores. En conjunto, el resultado es apocalíptico.

La invasión de Irak en 2003 —construida sobre la mentira de la existencia de armas de destrucción masiva— destruyó el Estado iraquí, desató una guerra civil sectaria, facilitó el nacimiento del Estado Islámico y sembró el caos en la región. Afganistán, tras veinte años de ocupación y billones de dólares gastados, cayó de nuevo en manos de los talibanes en cuestión de días. Libia, tras la intervención de la OTAN, se convirtió en un Estado fallido donde hoy operan milicias y redes de trata de personas.

En todos esos casos, la promesa fue la democracia y la estabilidad. El resultado fue fragmentación, sufrimiento civil y refuerzo de los elementos más radicales. Quien no aprende de esta historia está condenado a repetirla.

Lo más perturbador de la intervención actual —como denunció Dominique de Villepin en su célebre discurso ante la ONU contra la guerra de Irak— no es solo su brutalidad, sino su retórica. Se habla de liberación, de democracia, de apoyo a las mujeres iraníes que llevan años enfrentándose al régimen con un coraje extraordinario. Pero esas mismas mujeres, esos mismos disidentes, sindicalistas y periodistas que resisten desde dentro son quienes están pagando —y pagarán— el precio más alto bajo las bombas.

No se trata de ignorar la brutal represión que sufren bajo el régimen de los ayatolás. Se trata de no caer en la ingenuidad de creer que las invasiones de presunta liberación producen resultados inmediatos y milagrosos. Nada indica que así vaya a ser. Es más probable que quienes ya sufrían la represión sean también quienes más sufran las consecuencias de lo que se presenta como liberación. Y es igualmente probable que, como reacción a los bombardeos, se endurezca el estado de excepción, se cierre aún más el acceso a internet y los Guardianes de la Revolución amplíen su control.

Bombardear a un pueblo en nombre de su liberación es una contradicción difícil de sostener.

(Una versión de este texto se publicó en L’Endavant)

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